Interlocutores filosóficos de Lacan

Trabajo expuesto en el espacio ‘Los miércoles a las 10′ - (año 2004)
Cátedra EPIS I - Facultad de Psicologí­a (UNR)


Interlocutores filosóficos de Lacan

Nora Trosman

“No se trata de ser cultos y menos aún de psicoanálisis aplicado, es la clí­nica la que demanda la filosofí­a”. Con esta afirmación respondí­a Lacan a los filósofos franceses en 1957 ante la pregunta sobre la insistente presencia de la misma (la filosofí­a) en su transmisión del psicoanálisis. Es decir que esta transmisión no es sin la filosofí­a en sus diversos tiempos.

Freud fue en la lectura de Lacan profundamente “antifilósofo”, ha desmontado la metafí­sica de la razón y la emancipación iluminista, a la luz de la experiencia de lo que marcha a contramano del progreso, es decir, la pulsión de muerte, la repetición, el trauma. El mito del progreso cae a pedazos mostrando su inconsistencia: las luces son interpeladas por el “factum” del inconsciente freudiano.

Freud antifilósofo no se trató de una operación teórica asumida, como en el caso de Lacan, sino de la mostración refutable de las ideas de la modernidad.

El sentido -como progreso moderno- y lo real freudiano constituyen un encuentro complejo, un topos de unión y separabilidad. Pues como tantas veces afirmó Lacan, es el discurso de la ciencia (la formalización del matema) y no el humanismo, el que abrió el camino al psicoanálisis.

La antifilosofí­a freudiana es este gesto, este acontecimiento de dilucidación de la bisagra pulsión/sentido; antifilosofí­a que conmemora la otra, la del primer antifilósofo del pasado siglo: Nietzsche encarnando la profunda disyunción acto/concepto. Experiencia antifilosófica a la que hay que sumar sin duda, como propone Badiu: la objeción de Pascal a Descartes, de Kierkegaard a Hegel y de Rousseau al Iluminismo; el hilo conductor que las atraviesa es la crí­tica a la disolución del acto en el concepto. Quizás a grandes trazos este podrí­a ser el eje central de la discusión.

La contraexperiencia de Lacan va en otro sentido; el habí­a conocido al “último filósofo, el último en salvar su honor”, es decir Heidegger, el que suscribe la filosofí­a a un olvido y diagnostica la gravedad de duplicar esta omisión, olvidando el olvido mismo.

“Destrucción de la historia de la metafí­sica” es el acto por el cual el saber queda interpelado en su autoridad, su consistencia y sus supuestos. Este acto heideggeriano, profundamente antifilosófico funda un corte, un tiempo de conmoción de los significantes que el pensar representativo consagró.

Lacan antifilósofo llama a la filosofí­a a abrirse horizontalmente, a expandirse en un decir que divida radicalmente por un lado, los conocimientos horizontales y por otro, el acto del pensamiento. Es decir que el movimiento de la antifilosofí­a convoca a una recuperación en “escala invertida”. Inversión cuya consecuencia será mucho más una “conversación” que un abandono de la filosofí­a. El prefijo “anti” deviene así­ un gozne, una bisagra, un anudamiento más que un rechazo.

Acompaño la idea de Jorge Alemán en este punto: se trata de entablar un diálogo con el momento más frágil y potente al mismo tiempo, o sea con el acto de pensamiento que tuvo lugar en cada pensador, sostener una conversación con la certidumbre de lo “impensado”, es decir, el don más preciado que un pensar puede donar. Lo impensado es lo que abre la conversación y en ella ese don hace causa. El resto será charla.
Lacan hizo de la filia presente en la filosofí­a una exaltación, a veces una desmesura como cuando dice que la alegorí­a de la caverna de Platón es una teorí­a del objeto a.

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